7 DE SEPTIEMBRE 2009

EZCANIZ, UN RINCÓN RECÓNDITO EN URRAUL ALTO

Texto: Fernando Hualde


En el valle de Urraul Alto, sobre la ladera meridional de la Sierra de Aldasurra, está la localidad de Ezcaniz. No existe un rótulo que anuncie su nombre. Después de siglos de estar habitado este lugar, todo hace pensar ahora que durará lo que duren sus últimos vecinos.


Dos perros negros, no sabría decir de qué raza, salen a nuestro encuentro al llegar nosotros a Ezcaniz. Era evidente que no estaban muy acostumbrados a la presencia de forasteros, y sus ladridos me pareció intuir que trataban de ser una mezcla de amenaza y de alegría. Tan sólo unos segundos después un hombre asoma a la ventana de su casa movido primero por la curiosidad del alboroto de sus dos perros, que hasta unos instantes antes descansaban plácidamente a la sombra de un grueso fresno, y después por la sorpresa de asistir a la llegada de personas desconocidas. Nunca se sabe con qué intenciones puede ir nadie por esos parajes, y la desconfianza es lógica. Con inmediatez procedimos a saludar con un airoso buenos días de cortesía; su forma de responder con otro buenos días la interpretamos como que esperaba algo más que un escueto saludo, es decir, que esperaba que le explicásemos qué era lo que hacíamos allí, en un pueblo de Urraul Alto en el que la carretera, si es que se le puede llamar así al tramo de calzada que une Santa Fe con Ezcaniz, acababa allí. “Venimos a conocer este pueblo”, le espetamos dejándole totalmente perplejo. Por la cara que puso intuí que aquello no acababa de entenderlo, ¿qué interés podían tener unos forasteros en ver una casa, un par de corrales, varias construcciones caídas, y una iglesia en ruina total?. Pero como tampoco nos lo dijo así de claro, tampoco pudimos explicarle que lo que precisamente nos atraía era el lenguaje de esas ruinas, la huella del paso del tiempo, el testimonio de quienes están siendo los últimos en dar vida a ese espacio. No podíamos explicarle que aquél suelo empedrado de la calle, todavía conservado en muchos tramos, nos hablaba de carros tirados por bueyes, tal vez por caballerías, transportando el grano de la cosecha; no podíamos explicarle que aquél mal camino medio asfaltado nos hablaba de mujeres cargadas con canastos de ropa sobre sus cabezas caminando hacía Santa Fe en donde el río Areta se mostraba más generoso de aguas que el barranco que pasaba por Ezcaniz; no podíamos explicarle que detrás de esas piedras bien labradas, cuadradas, y encajadas, que configuraban la torre en ruinas de la iglesia lo que veíamos era la mano artista y artesana, siglos atrás, de un cantero anónimo. Todo un cúmulo de evocaciones.




Iglesia caída


Pero apenas pasaron dos minutos, y un segundo vecino nos saludaba afablemente. Y allí, a pie de calle, la conversación fue mucho más fluida. Ante nosotros estaba la iglesia de San Servando y de San Germán, construida en el siglo XIII, antaño esplendorosa, y hoy cubierta de hiedra, tejado hundido, las campanas ausentes, y los bancos sustituidos por una maraña de maleza y de escombros. “Hace unos años que nos quitaron el culto. El Arzobispado retiró las campanas, que las pusieron en Santa Fé, allí siguen. Se llevaron también la Virgen, que al menos durante un tiempo estuvo en Lumbier. Y también retiraron la pila bautismal, en donde todos los de este pueblo hemos sido bautizados, y no sé si se la llevaron a Cirauqui, o a algún pueblo de la Ribera, no sé exactamente”. Minutos después llegaba su hermana, quien nos corroboraba que, efectivamente, la Virgen estaba en la iglesia de Lumbier (una imagen sedente de Virgen con el Niño, del siglo XIII), que hace poco había visto ella una imagen muy parecida en la Rochapea, en Pamplona, pero que no era la misma; incluso nos aportó el dato de que en el siglo XIX la iglesia llegó a sufrir un incendio.


No nos atrevimos a decirles que el motivo verdadero de nuestra visita era la noticia que nos había llegado de que la pila bautismal de esa iglesia había desaparecido, y que queríamos verificar que así había sido, a falta siempre de indagar en el Arzobispado o en la Institución Príncipe de Viana cualquier otra pista que indujese a pensar que se trataba simplemente de un traslado, y no de un robo. Y Nicanor Villanueva, para nuestra tranquilidad, nos lo estaba confirmando; el párroco de Lumbier en su día se ocupó de que esa pila bautismal se trasladase a otro lugar. La verdad es que viendo el estado de la iglesia todo nos hace pensar que aquella fue una medida acertada, y quiero dar por hecho que aquella pila está catalogada, y que en consecuencia se sigue su pista a nivel institucional. Tampoco pasaría nada por que “a quien corresponda” se ocupase de tener informados a los pocos vecinos de Ezcaniz del paradero de su Virgen y de su pila bautismal; ¡qué menos!.


Por lo demás, la iglesia de San Servando y de San Germán llora su ruina. El coro se hundió sobre el confesionario, un habitáculo rústico este último del siglo XIX según denuncia la tipología de los clavos empleados y la forma de ensamblar la madera. Y sobre el coro y el confesionario se puede apreciar que toda la cubierta del edificio se vino abajo un mal día. De la puerta de entrada falta una de las dos hojas; es puerta muy sencilla, sin clavos ostentosos, con un tirador interno de madera que es el colmo de la sencillez. Al fondo, en la cabecera, se ve el altar pegado a la pared, preconciliar y desacralizado, mostrando sobre él una hornacina vacía flanqueada por adornos de dibujos lineales que exhiben figuras geométricas. La maleza poco a poco se va apoderando de todo; tan solo la sacristía se libra de momento de la presencia de la vegetación; un cajonero y una percha de pared son los únicos vestigios en esa sacristía de lo que un día fue.


No es fácil imaginar ahora lo que un día fue esta iglesia; y cuando digo lo que un día fue me refiero a la época en la que tuvo culto. Los documentos nos dicen que hace cuatrocientos años Aizcurgui y Ezcaniz compartían un mismo abad. En 1626, por ejemplo, el abad era Juan Ibañes, que pasó a la historia por el hecho de ser excomulgado por el Obispo, y todo ello por negarse a pagar la parte proporcional que le correspondía a sus parroquias para cubrir los gastos de la visita del Obispo a Lumbier. Juan Ibañes se vio envuelto en un pleito con el obispado porque estando excomulgado se atrevió a seguir oficiando la misa y otros oficios divinos. Este mismo abad, que al menos ocupó este puesto entre los años 1600 y 1630, fue quien en 1601, ni corto ni perezoso, puso punto final a los derechos inmemoriales que algunos vecinos de Ongoz y de Epároz tenían sobre el aprovechamiento de hierbas y de aguas en el término de Ezcaniz. Está claro que era un hombre de carácter.


Tampoco hay que olvidar que en aquellos tiempos la basílica de Santa Fe pertenecía a Ezcaniz, y no a Epároz, como sucede actualmente. Por tanto era Ezcaniz quien llevaba el peso en la Cofradía, o Hermandad, de Sedezarra, a la que pertenecían vecinos de todo el valle.




Apuntes etnográficos


Nuestros informantes, atendiendo amablemente a nuestras preguntas, van poco a poco desenterrando el pasado inmediato de la localidad, lo que ellos han conocido. Son testigos de formas de vida ya extinguidas.


Nunca han conocido escuela en Ezcaniz; “íbamos a la escuela de Ongoz, a unos tres kilómetros de aquí, y siempre andando”. Hoy la escuela de Ongoz ha quedado cerrada para siempre; su aula está vacía, tan sólo la pizarra, repleta de nombres escritos con tiza, nos aporta la pista que esa habitación un día fue escuela, que un día hubo pupitres y estufa de leña. Nicanor dejó la escuela a los doce años para dedicarse al oficio de boyero, del que después pasaría al de pastor de ovejas. Llegó a tener hasta 450 ovejas, que las pastoreaba por el término de Ezcaniz; para todo ese rebaño tenía cerca de medio centenar de esquilas, que compraba en Pamplona; los collares de las esquilas solían ser correas de cuero que él mismo se ocupaba de arreglar tirando de lezna e hilo de lino. La verdad es que él nunca llegó a hacer queso, aunque recordaba haber llegado verle a su madre hacer algún queso. De la misma manera que ellos han conocido siempre hilar con el torno de hilar, que venía a ser un huso movido a pedal, mientras que a las generaciones anteriores les correspondió aquello de hilar a base de rueca. He aquí los límites generacionales de algunos hábitos de vida. Otro ejemplo sería la llegada de la luz eléctrica a Ezcaniz, algo que sucedió hace casi seis décadas, y que también marcó en todo un antes y un después.


La memoria de estos últimos vecinos guarda también la imagen de aquellas mujeres de antes, que lavaban la ropa en el barranco, y que cuando había poco agua no les quedaba más remedio que ponerse el rodete en la cabeza, situar sobre él el canasto lleno de ropa, y bajar hasta Santa Fe, en donde el río Areta les ofrecía un espacio más apto para frotar la ropa sobre la piedra, y con más caudal. El inconveniente de aquello es que después había que volver con los canastos cargados de ropa mojada, que pesa mucho más.


Quien se acerque ahora a Ezcaniz tampoco va a tener oportunidad de conocer el antiguo horno de pan que, a semejanza de los hornos municipales que había en otras localidades navarras, este no estaba dentro de ninguna casa particular. Estaba el horno en una pequeña cabaña de piedra, a donde acudían los vecinos en riguroso orden a cocer sus panes después de haberlos amasado en casa.


Nada queda tampoco de aquellas fiestas que se celebraban el 23 de octubre. “Nunca faltaba ese día un acordeón y un buen baile, que lo hacíamos en casa”, afirman los hermanos Villanueva.


La casa de ellos, que es la única habitada, se rehízo en el año 1946. El andamiaje de madera se puso por la parte interior. Pero la novedad de aquella obra es que fue necesario hacer una calera. “Como no había cemento tuvimos que hacer una calera, para hacer cal y mezclarla luego con arena. La calera la hicimos en ese monte de allí. Aquí no sabíamos cómo se hacía, y tuvo que venir un señor ya mayor desde Navascués, de setenta y tantos años, que le había tocado hacer muchas veces. Con piedras fue haciendo una construcción pequeña que se parecía a un horno de pan, o a una carbonera de esas que se hacían antes. Le hizo una bóveda grande. Después le metía leña por dentro y le prendía fuego; pero…, ¡no te creas!, que lo menos estuvo quemando leña allí tres días enteros, lo mismo de día que de noche; y luego casi estuvo una semana enfriándose.


Al principio las piedras estaban negras, al quemarse, pero luego se pusieron blancas. No veas tú que cal más buena salió, ¡cómo hervía aquello en cuanto le echabas agua!


Las tejas las aprovechamos de otras casas, pero me acuerdo que había en Adoain una tejería”.




Estos son tan solo unos apuntes etnográficos que se corresponden a la memoria de quienes están siendo, previsiblemente, los últimos moradores de esta localidad de Urraul Alto. Son apuntes extraídos de una conversación informal e imprevista, pero que en cualquier caso ya me hubiese gustado a mi que de otras localidades de este valle pudiésemos haber tenido, al menos, esta muestra etnográfica basada en los testimonios de sus últimos vecinos.


La realidad es que Ezcaniz se apaga poco a poco. ¿Desde cuando ha tenido vida?, pues como mínimo desde el año 1086, que es de cuando data la primera referencia documental que se conserva de esta localidad; entonces se llamaba Echániz de Ioso (o Bajo), lo que hace suponer que pudo haber otra localidad con el mismo nombre. Desde entonces ha sido siempre un lugar habitado, y estrechamente ligado a la Basílica de Santa Fe.


Levantamos hoy acta aquí del testimonio de sus últimos vecinos. Buena gente. A quienes desde aquí agradezco el tiempo que nos dedicaron. Fue un encuentro casual, pero al que hemos querido darle a través de este reportaje el valor etnográfico que le corresponde.





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